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Revista Viva Año 1997

La escuelita

                    DEL VOLCAN

EN UN PARAJE NEUQUINO CASI DESHABITADO LLAMADO SANCABAO, A 40 KM. DEL VOLCÁN LANÍN, 110 CHICOS COMEN, DUERMEN, ESTUDIAN Y TRABAJAN. INTENTAN CONSTRUIRSE UN FUTURO BAJO EL TECHO DE LA ESCUELA SAN IGNACIO. ALLÍ, SIN COBRARLES MÁS QUE SU ESFUERZO, ESTOS DESCENDIENTES DE MAPUCHES NO SOLO APRENDEN MATEMÁTICAS O GEOGRAFÍA, SINO TAMBIÉN A CULTIVAR, FAENAR ANIMALES Y A FABRICAR CASAS DE MAMPOSTERÍA. DESDE EL AULA, LES ABREN LAS PUERTAS A UN MUNDO NUEVO.

El inhóspito clima patagónico determina que el calendario de clases de la escuela San Ignacio sea diferente al del resto del país. Va de enero hasta el 25 de mayo y de setiembre a diciembre. El 70 por ciento de los alumnos es de ascendencia mapuche. La mitad viene de las comunidades aborígenes de la zona. Pero como San Ignacio es una escuela albergue, durante el ciclo lectivo viven allí. De esta forma evitan viajar en una zona donde las distancias son enormes y los medios de transporte, escasos. La escuela es gratuita, por eso para la mayoría de los chicos es la única oportunidad de recibir una educación.
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Según Coralie Davies de Rivero, directora del primer y segundo ciclo, aproximadamente la mitad de los padres de los alumnos tiene conciencia de que mandarlos a la escuela es una necesidad. A veces piden permiso para que sus hijos falten y puedan ayudarlos en algunas faenas del campo. Los pibes son necesarios en sus casas para cuidar a los animales.

- ¿Carlos, qué pasa que hace 30 días que no te vemos en la escuela? - pregunta Sergio Pedro Huenoquir, el maestro de mapuche, de visita en el paraje de Atreuco.

Su mamá, Claudina Huaiquifil de Antileo habla poco y muy bajito, casi para dentro, como buena parte de la gente por allí. Tímidamente le dice al maestro algo de un caballo, y de una fiebre con dolor de garganta. Claudina cuenta que tiene seis hijos y no recuerda cuántos años tiene, que el dato está en el documento, pero no sabe dónde está.

La familia de Carlos vive en una pequeña casa de madera. A unos veinte metros hay otra casa, grande, blanca y de material, que les construyó el gobierno de la provincia hace unos años. Ellos, como tantos otros pobladores, no la ocupan porque les resulta muy difícil de calefaccionar.

Georgina Peñifilú en cambio sí ocupa la casa de mampostería. Su marido es agente sanitario y tienen siete hijos. Ariel, de 16 años, hace cuatro que concurre a la escuela San Ignacio. "El chico cuenta que aprendió muchas cosas lindas que antes no sabía y que nunca había hecho acá. Como el tema de la huerta y la limpieza. Ahora cuando vuelve se pone a limpiar, a hacer las cosas que hace en la escuela. " Georgina dice también que este año Ariel no tenía ganas de ir a la escuela. "Yo le dije: Entonces tenés que casarte, al pedo no te vas a quedar acá".

Otra vez en la escuela, Ariel dice que todavía no piensa en casarse. Y que si no estuviera en la escuela estaría trabajando en una estancia y ganaría entre 150 y 200 pesos al mes. Confiesa que su sueño sería "levantar un proyecto. Tener un criadero de chanchos o de ovejas. O salir a trabajar de los cursos que estudié".

Los talleres que se dictan son variadísimos: hay de agricultura, apicultura, producción agropecuaria, tractorista, motosierrista, mecánica, electricidad, carpintería, forestación, albañilería y piscicultura. El objetivo es que alumnos apliquen en sus casas lo que aprenden.

Dos grupos misioneros visitasn San Ignacio durante el verano. Uno viene de la Fundación por la Paz, de Temperley. El otro está integrado por jóvenes de colegios privados de Buenos Aires, que llegan subvencionados por la Secretaría de Desarrollo Social de la Presidencia de la Nación. En total son 46 personas que realizan tareas de mantenimiento de la escuela y reuniones de evangelización. Nehuén o Futachao es el nombre del Dios al que le oran los mapuches en una ceremonia llamada La Rogativa.

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